En los rincones más vulnerables de Buenos Aires, como la Villa Miseria 21-24 ubicada en el barrio de Barracas, podemos ver claramente los efectos de las políticas económicas de shock implementadas por el presidente Javier Milei. Mientras recorremos estas zonas marginadas, notamos cómo la situación de precariedad se ha intensificado considerablemente en los últimos meses. La cercanía al contaminado Riachuelo, con sus olores insoportables, es solo una de las muchas dificultades que enfrentan sus habitantes.
La realidad cotidiana en las villas bajo el nuevo régimen económico
Cada mediodía en el comedor Madre Teresa, observamos escenas que reflejan el deterioro social. Graciela, una jubilada de 72 años, y Elli, madre de familia, preparan grandes ollas con carne, zanahorias y papas para alimentar a quienes esperan en filas cada vez más extensas. Estas cocinas comunitarias se han convertido en el último recurso para muchas familias que ya no pueden cubrir sus necesidades básicas.
“La situación empeora día tras día. Muchos vecinos han perdido completamente su capacidad de compra y dependen exclusivamente de nuestra ayuda”, nos comenta Elli mientras corta carne para el guiso diario. La afluencia a estos comedores no ha dejado de crecer desde la pandemia, pero el ritmo se ha acelerado vertiginosamente tras las medidas de austeridad implementadas por el gobierno libertario.
El aumento descontrolado de precios, especialmente en alimentos básicos, ha golpeado con especial dureza a estas comunidades donde el trabajo informal predomina. Las políticas de desregulación económica y recorte de subsidios han dejado a miles de personas sin red de contención, provocando un aumento significativo de la pobreza extrema en estos asentamientos.
Este fenómeno no es exclusivo de Buenos Aires. En ciudades como Rosario, Córdoba y Mendoza, los comedores populares reportan situaciones similares. La crisis humanitaria se extiende mientras Milei planea acciones controvertidas como retirar a Argentina de organismos internacionales, generando incertidumbre sobre el futuro de la asistencia social en el país.
Testimonios de resistencia frente a la crisis económica
Recorriendo los pasillos estrechos de la Villa 21-24, escuchamos historias de resistencia que nos conmueven. María, una costurera de 45 años, nos muestra su pequeño taller donde intenta mantener a flote su microemprendimiento. “Antes podía comprar telas y materiales, ahora todo cuesta tres veces más. Mis clientes tampoco tienen dinero para pagar lo que realmente vale mi trabajo”, nos explica con resignación.
Los ancianos son quizás quienes más sufren esta crisis. Don Alberto, jubilado de 78 años, nos recibe en su humilde vivienda: “Mi pensión ya no alcanza ni para los medicamentos. Tengo que elegir entre comer o comprar las pastillas para mi presión arterial”. Las jubilaciones, severamente afectadas por la inflación y la reducción de beneficios sociales, han perdido poder adquisitivo de manera alarmante.
Los trabajadores informales, que constituyen gran parte de la población de estos asentamientos, enfrentan una doble crisis: la falta de oportunidades laborales y el aumento del costo de vida. “Antes salía con mi carrito a recolectar cartón y podía comprar comida para la semana. Ahora trabajo más horas y apenas me alcanza para dos días”, nos cuenta Ramón, cartonero de 50 años.
La solidaridad vecinal se ha convertido en la última línea de defensa. Cooperativas autogestivas intentan crear alternativas económicas, mientras las organizaciones sociales luchan por mantener sus programas de asistencia pese a los recortes presupuestarios. Sin embargo, estos esfuerzos resultan insuficientes ante la magnitud de la crisis.
Impacto de la “motosierra” económica en los servicios esenciales
El llamado plan “motosierra” de Milei ha tenido efectos devastadores en los servicios básicos que llegaban precariamente a estos barrios. Los subsidios que mantenían tarifas accesibles de electricidad y agua han sido drásticamente reducidos, provocando que muchos hogares queden desconectados por imposibilidad de pago.
Visitamos el centro de salud comunitario que atiende a la Villa 21-24, donde los médicos nos alertan sobre el desabastecimiento de medicamentos esenciales. “Ya no recibimos los insumos básicos. Tenemos que decirle a los pacientes hipertensos o diabéticos que busquen sus medicamentos por su cuenta, sabiendo que no podrán pagarlos”, explica la doctora Márquez, visiblemente angustiada.
Las escuelas del barrio también sufren el impacto de los recortes. Los programas de alimentación escolar, fundamentales para garantizar al menos una comida nutritiva diaria a los niños, han visto reducidas sus raciones y calidad. Maestros y directivos nos confiesan que muchos alumnos asisten principalmente para poder comer algo.
La infraestructura básica, ya deficiente, ha dejado de recibir mantenimiento. Los pocos avances logrados en años anteriores para mejorar el acceso a agua potable, cloacas y pavimentación se han paralizado completamente. Las calles se inundan con cada lluvia, mezclando aguas servidas con las ya contaminadas del Riachuelo.
Perspectivas y desafíos frente al nuevo modelo económico
El panorama actual plantea interrogantes profundos sobre el futuro de estos asentamientos. Los defensores del modelo de Milei argumentan que estas medidas, aunque dolorosas, son necesarias para sanear la economía y que eventualmente los beneficios llegarán a todos los sectores. Sin embargo, para quienes habitan las villas miseria, este futuro promisorio parece inalcanzable.
Los líderes comunitarios con quienes conversamos temen que la brecha social se amplíe irreversiblemente. “Las políticas actuales están creando dos Argentinas cada vez más distantes entre sí. Mientras algunos sectores pueden adaptarse y hasta beneficiarse, nosotros caemos en una pobreza de la que será imposible salir”, reflexiona Jorge, referente social de la Villa 21-24.
Economistas críticos del modelo señalan que la terapia de choque aplicada ignora las particularidades de la economía informal que sostiene a estos barrios. Sin políticas específicas que contemplen esta realidad, advierten que millones de argentinos quedarán excluidos permanentemente del sistema económico formal.
Mientras tanto, los habitantes de las villas miseria desarrollan estrategias de supervivencia colectiva, reforzando lazos comunitarios que les permitan resistir esta etapa crítica, con la esperanza de que el péndulo económico eventualmente se equilibre hacia un modelo más inclusivo que reconozca su existencia y necesidades.


