Nos encontramos ante un momento decisivo para la fuerza naval argentina. La desaparición del ARA San Juan en 2017 marcó el fin de la capacidad submarina operativa del país sudamericano, dejando únicamente al ARA Salta en funciones de entrenamiento básico. Ahora, la administración de Javier Milei ha definido su rumbo estratégico : adquirir tres sumergibles clase Scorpène de fabricación francesa, inspirados en el modelo Riachuelo que opera actualmente la Marina de Brasil. Esta decisión política representa una oportunidad para recuperar presencia militar en el Atlántico Sur, aunque el camino hacia la firma definitiva atraviesa obstáculos financieros considerables que podrían retrasar o incluso frustrar el proyecto completo.
Un proyecto bloqueado por restricciones financieras
Laurent Mourre, responsable comercial de Naval Group, confirmó a medios argentinos que Buenos Aires manifiesta clara intención de concretar la compra. El presupuesto nacional para 2025 contempla una partida de 2.310 millones de dólares destinada específicamente a recuperar las capacidades submarinas perdidas. Sin embargo, el gobierno argentino no dispone de recursos para realizar un pago directo y completo de esta magnitud.
La solución planteada pasa por un mecanismo de crédito exportación, respaldado por entidades bancarias y avalado por el Estado francés. Mourre subraya que estas garantías gubernamentales nunca se otorgan de manera automática ni incondicional. En un contexto donde cada peso gastado genera debate público intenso, las autoridades argentinas enfrentan escrutinio permanente sobre inversiones de semejante envergadura. La situación económica del país muestra señales de mejora gradual, pero la sensibilidad política alrededor del gasto público permanece extremadamente alta.
Este tipo de financiamiento requiere negociaciones complejas entre múltiples actores : el comprador argentino, el vendedor francés Naval Group, instituciones bancarias internacionales y organismos estatales que proporcionan las garantías necesarias. Cada parte evalúa riesgos, plazos de reembolso y contrapartidas industriales antes de comprometerse formalmente. La experiencia demuestra que estos procesos pueden extenderse durante años, especialmente cuando involucran países con historiales crediticios complicados o situaciones macroeconómicas volátiles.
Recuperar soberanía en aguas australes
Desde hace ocho años, la Armada argentina carece de sumergibles plenamente operacionales. Para mantener las competencias técnicas básicas de sus tripulaciones, debe recurrir a programas de entrenamiento en Perú, solución temporal que no sustituye la experiencia real de operar equipos propios. Esta ausencia debilita significativamente la capacidad de proteger los intereses marítimos nacionales en una región estratégica.
La versión Scorpène Evolved propuesta incorpora tecnología de baterías de ion-litio, que multiplica la autonomía submarina respecto a modelos anteriores. Estos submarinos pueden permanecer sumergidos más de setenta días consecutivos, característica fundamental para misiones de vigilancia prolongada. Con estas unidades, Argentina recuperaría presencia creíble frente a amenazas como la pesca ilegal en su zona económica exclusiva, actividad que genera pérdidas millonarias anuales al sector pesquero nacional.
Además, la dimensión geopolítica resulta innegable. Las tensiones recurrentes en torno al archipiélago de Malvinas exigen capacidades navales avanzadas que permitan afirmar soberanía efectiva sobre territorios en disputa. Un submarino moderno representa un elemento disuasorio importante, modificando el equilibrio de fuerzas en aguas del Atlántico Sur. La decisión sobre estos sumergibles trasciende lo meramente militar para convertirse en asunto de política exterior de largo alcance.
Dilema industrial entre Francia y Tandanor
Una cuestión fundamental permanece sin resolver : dónde construir efectivamente estas tres unidades. La primera opción consiste en fabricarlas íntegramente en astilleros franceses, concentrando la participación argentina en mantenimiento posterior, paradas técnicas programadas y formación de personal especializado. Este camino garantiza plazos más cortos y menores riesgos técnicos, aprovechando instalaciones industriales probadas.
La alternativa implica reactivar masivamente los astilleros de Tandanor para recrear una cadena productiva submarina completa, replicando parcialmente la experiencia brasileña desarrollada en Itaguaí. Brasil logró construir sus Scorpène clase Riachuelo localmente mediante transferencia tecnológica significativa, generando empleo calificado y capacidades industriales duraderas. Sin embargo, este modelo requiere inversiones adicionales enormes en infraestructura, formación técnica avanzada y un horizonte temporal de una década mínimamente.
Cada opción presenta ventajas e inconvenientes políticos y económicos. La construcción francesa acelera la recuperación operativa inmediata pero limita beneficios industriales locales. La fabricación argentina generaría mayor valor agregado nacional y empleo técnico, aunque multiplicaría costos totales y plazos de entrega. Mourre advierte que esta elección constituye tema extremadamente sensible dado el contexto económico argentino actual, donde cualquier decisión de inversión pública atraviesa análisis minucioso desde múltiples sectores sociales y políticos.
Naval Group ante desafíos estratégicos globales
El caso argentino no ocurre aisladamente sino dentro de una secuencia internacional contrastada para Naval Group. Polonia descartó recientemente el Scorpène favoreciendo el modelo sueco A26 Blekinge para su programa Orka. Varsovia priorizó formar un eje báltico con Estocolmo, buscando calendarios más ajustados e integración industrial profunda en astilleros polacos. Canadá y Noruega también rechazaron propuestas francesas, prefiriendo competidores alemanes, surcoreanos y británicos para renovar flotas submarinas y de superficie.
Frente a estos reveses, Países Bajos representa un éxito estratégico significativo. La Haya seleccionó a Naval Group durante 2024 para reemplazar sus Walrus por cuatro Barracuda, formalizando el contrato posteriormente. Este programa incluye acuerdos estructurales con empresas neerlandesas como Nevesbu y RH Marine para desarrollar subsistemas complejos y automatización avanzada de plataformas. Esta victoria refuerza la posición francesa en el competitivo mercado europeo de submarinos convencionales.
Argentina representa más que un simple prospecto comercial lejano : constituye una prueba de fuego. Evaluará si París puede movilizar efectivamente sus instrumentos de crédito exportación para transformar preferencia política en contrato definitivo. También medirá si Naval Group logra capitalizar su triunfo holandés para consolidarse como actor central en la geopolítica submarina, desde el Báltico hasta el Atlántico austral. Sin financiamiento confirmado, este acuerdo permanecerá indefinidamente sumergido.


