La noticia del fallecimiento del papa Francisco el lunes de Pascua, 21 de abril de 2025, ha conmocionado al mundo católico y ha reavivado debates sobre su legado, especialmente en su Argentina natal. A los 88 años, Jorge Mario Bergoglio deja tras de sí un pontificado marcado tanto por sus posturas progresistas en materia social como por las controversias que lo acompañaron desde sus años como sacerdote jesuita en Buenos Aires. Analizamos la compleja figura del primer papa latinoamericano y las polémicas que marcaron su trayectoria.
Un jesuita argentino que ascendió al trono de San Pedro
Cuando en marzo de 2013 la fumata blanca anunció la elección del cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio como nuevo pontífice, pocos anticipaban el impacto que tendría este nombramiento en la Iglesia Católica. A sus 76 años, este jesuita de origen italiano se convirtió en el primer papa latinoamericano de la historia, adoptando el nombre de Francisco en honor al santo de Asís.
Su camino hacia el Vaticano fue meteórico. En febrero de 1998 fue nombrado arzobispo de Buenos Aires y en enero de 2001 se convirtió en el primer jesuita designado por Juan Pablo II como primado de Argentina. Su reputación en el Vaticano creció considerablemente cuando asumió la responsabilidad de redactar el informe final del sínodo de octubre de 2001, después de que el arzobispo de Nueva York, Edward Egan, no pudiera completar esta tarea debido a los atentados del 11 de septiembre.
Bergoglio llegó al papado con una sólida formación: ingeniero químico de profesión, también contaba con licenciaturas en filosofía y teología. Esta combinación de conocimientos técnicos y humanísticos definió su enfoque para abordar los problemas de la Iglesia y del mundo. Como muchos jesuitas latinoamericanos, era un hombre de acción, profundamente comprometido con la realidad social de su entorno.
A pesar de su frágil salud (vivía con un solo pulmón desde los 20 años debido a una enfermedad), siempre fue un hombre de terreno. En Buenos Aires, era conocido por recorrer en transporte público las parroquias más desfavorecidas durante los fines de semana, manteniendo contacto directo con sacerdotes que trabajaban en barrios marginales y prisiones. Esta austeridad y cercanía con los más necesitados la conservó incluso tras su elección como papa.
Las sombras de la dictadura militar argentina
Uno de los capítulos más controvertidos en la vida de Jorge Bergoglio fue su actuación durante la última dictadura militar argentina (1976-1983). Este período negro de la historia argentina, caracterizado por la represión, la tortura y las desapariciones forzadas, ha proyectado sombras sobre la figura del papa Francisco que nunca se disiparon completamente.
Como provincial de los jesuitas durante parte de ese período, Bergoglio fue acusado por algunos de no haber hecho lo suficiente para proteger a sacerdotes de su orden que trabajaban en zonas marginales y que fueron secuestrados por las fuerzas de seguridad. El caso más conocido es el de los sacerdotes Orlando Yorio y Franz Jalics, detenidos en 1976 y torturados durante cinco meses. Algunos testimonios sugirieron que Bergoglio no les brindó el respaldo institucional necesario e incluso podría haber contribuido indirectamente a su detención al retirarles la protección de la Compañía de Jesús.
Por otra parte, defensores del papa argumentan que actuó de manera discreta para salvar vidas, utilizando sus contactos para liberar a prisioneros y ayudar a personas perseguidas a escapar del país. Estas actividades clandestinas, según sus defensores, no podían ser públicas para no poner en riesgo las operaciones de rescate. Este debate sobre su papel durante la dictadura nunca llegó a resolverse completamente y continuó siendo un aspecto polémico de su biografía incluso durante su pontificado.
El contexto político actual en Argentina, bajo el gobierno del presidente libertario Javier Milei cuyas políticas han sido criticadas por afectar a mujeres y minorías sexuales, ha dado un nuevo marco para interpretar las posturas que Francisco mantuvo durante su vida, especialmente sus críticas al neoliberalismo y sus posturas sociales progresistas.
Un pontífice entre la tradición y la renovación
Durante sus doce años de pontificado, Francisco se caracterizó por una dualidad que desconcertaba tanto a progresistas como a conservadores dentro de la Iglesia. Por un lado, se mostraba profundamente crítico con el capitalismo desenfrenado, el consumismo y la “globalización de la indiferencia”. Sus homilías contra el neoliberalismo y el clientelismo político resonaban con fuerza, especialmente en Latinoamérica.
Esta sensibilidad social le ganó admiradores entre sectores progresistas, pero también detractores en círculos económicos y políticos conservadores. Su encíclica “Laudato Si'” sobre el cuidado del medio ambiente representó un posicionamiento sin precedentes de la Iglesia Católica frente a la crisis climática, vinculándola directamente con la justicia social.
Sin embargo, en cuestiones doctrinales y temas relacionados con la moral sexual, Francisco mantuvo posiciones mayoritariamente conservadoras, en línea con la tradición católica. Aunque suavizó el tono y promovió un enfoque más pastoral y menos condenatorio hacia divorciados, homosexuales y otras personas tradicionalmente marginadas por la Iglesia, no realizó cambios fundamentales en la doctrina.
Esta combinación de progresismo social y conservadurismo moral resultaba confusa para muchos observadores, pero reflejaba la complejidad de un hombre formado en la tradición jesuita latinoamericana, donde la preocupación por la justicia social coexiste con un fuerte apego a valores tradicionales. Su estilo personal austero y cercano contrastaba con la pompa vaticana, y su enfoque directo en la comunicación transformó la imagen del papado en el mundo contemporáneo.


